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Rock al Parque 2019: 25 años de sancocho musical (con sabor de hogar)

El sanchocho es un platillo típico de Colombia y buena parte de Latinoamérica. Se trata de una sopa de verduras con carne que combina ingredientes tanto locales como aquellos que históricamente han sido importados desde otras latitudes. Sancocho es también una palabra que se usa en Colombia para aludir a la mezcla de algo, concepto que resulta pertinente para definir Rock al Parque, festival que este 2019 cumple 25 años de existencia.

A veces el entorno da señales que son imposibles de ignorar. Primero fue la controversia porque Rubén Albarrán, de Café Tacvba, cantó con Bad Bunny en los premios MIAW 2019 (porque para muchos sigue siendo controvertido que artistas latinos, considerados roqueros, dialoguen con exponentes que tocan ritmos afrolatinos). Después fue la viralización de la canción “Norwegian Reggaeton” de los italianos Nanowar of Steel, la cual mezcla metal y reguetón. Finalmente, varios contactos en redes sociales han compartido en las últimas semanas una imagen que afirma “el punk no ha muerto, aprendió a bailar salsa choke”. Es exactamente en ese contexto, donde una vez más lo afrolatino alborota el “status quo” del roquero latinoamericano, que me enteré que había la posibilidad de cubrir el festival Rock al Parque. 

Hace varios años que tenía interés por asistir, pues no sólo es uno de los festivales más importantes de rock en Latinoamérica, sino que además destaca por su particular énfasis en estilos musicales “pesados”. Rock al Parque ofrece en un mismo espacio a algunos de los principales artistas metaleros del planeta, así como de la música alternativa latinoamericana. Por ejemplo, en 2015 compartieron cartel Behemoth y Café Tacvba, en 2016 Napalm Death y Todos Tus Muertos, en 2017 Obituary y Mon Laferte, y en 2018 Suffocation y Liniker e os Caramelows. El cartel de Rock al Parque es, hasta cierto punto, un perfil todavía imposible de imaginar al menos en el contexto de los festivales mexicanos, por lo que siempre he querido saber cuáles serían las dinámicas del público colombiano. 

El público de rock al parque en el escenario lago

Este 2019 tocó escuchar a artistas como Deicide y Juanes. Sin embargo, el anuncio de la presencia del colombiano en el cartel generó controversia entre algunos puristas. Muchos decidieron obviar no sólo el hecho de que es uno de los principales exponentes de la música latinoamericana contemporánea, y que sin duda tiene tintes de rock, sino que además en sus inicios tocaba trash metal con Ekhymosis, la banda que le diera a conocer en su natal Colombia antes de desarrollar una carrera como solista. Sin importar si se tiene afinidad o no por su música, la mera presencia de Juanes en la edición número 25 del festival no sólo era simbólica y pertinente, sino que auguraba sorpresas (y bastante morbo) por el supuesto “contraste” de discursos musicales. 

“¿Sabías que Botero, Shakira, Maluma, Gabriel García Márquez y James son colombianos?” “¿Sabías que contamos con 1,025 ritmos folclóricos?” Estas y otras preguntas plasmadas en la publicidad del Ministerio de Relaciones Exteriores de Colombia reciben a los visitantes en la fila de migración del aeropuerto El Dorado, en Bogotá. “¡Claro que lo sé!”, pensé. Colombia no sólo cuenta con infinidad de estilos musicales autóctonos, sino que es cuna de la cumbia, la principal embajadora musical de Latinoamérica, y también es la tierra que vio nacer a dos de los principales exponentes del reguetón contemporáneo: J. Balvin y Maluma. 

Curiosamente ambos estilos, cumbia y reguetón, han sido denostados constantemente por los roqueros de la región, como si cierta “latinoamericanidad” sonora debiera dar pena. Recordemos que “La negra Tomasa”, cumbia que lanzó a la fama a Caifanes hace más de 3 décadas, fue tocada inicialmente como una broma. Artistas como Fobia, Molotov y 31 Minutos han hecho parodias del ritmo del reguetón con “Mira Teté”, “Rastamandita” y “Objeción denegada”, respectivamente. Tres de estos cuatro artistas se han presentado en Rock al Parque: Fobia lo hizo en 1995 y 2011, Molotov en 1999, 2004, 2009 y 2014, y 31 Minutos en un show especial para niños este 2019 (Jaguares lo hizo en 2005, no así la alineación de Caifanes). Sin embargo, imaginar la presencia en dicho festival de algún exponente proveniente del género urbano o tropical genera escozor a muchos (y como se pudo apreciar, lo mismo ocurre con artistas poperos, a pesar de que muchos de los que han tocado en el festival sean estilísticamente pop). No importa que su trayectoria sirva como derecho de piso para dichos festivales, ni que sean exponentes latinoamericanos de talla internacional. Hay ciertos estilos y artistas que, aún siendo técnicamente “alternativos”, no tienen cabida en estos festivales de la región (claro, tampoco es como que lo necesiten o dependan de ello). 

En México, como en buena parte de Latinoamérica, cada año es la misma cantaleta: “¿qué hace la cumbia en un festival de rock?”. Siempre olvidamos que, desde sus inicios, los roqueros latinoamericanos han “descubierto” una y otra vez este y otros ritmos afrolatinos a medida que buscan legitimar sus “raíces” (algo que empieza a ocurrir con el reguetón). El proceso es similar a otras formas de exclusión donde las expresiones autóctonas son idealizadas y aplaudidas cuando cumplen un fin identitario, pero no ocurre lo mismo con quienes ponen en práctica dichas formas en lo cotidiano. Es así que si Control Machete, Aterciopelados o Los Auténticos Decadentes tocan cumbia en estos festivales, o Compadres Recerdos reguetón, está bien visto , pues mercadológicamente son “roqueros”. Pero que en los mismos espacios se presenten aquellos que dedican su carrera a dichos estilos (ya sea por dinero o como expresión cultural) es impensable, simplemente no tiene cabida. Lo anterior, cabe mencionar, puede ser definido como neocriollismo musical. 

Algunos programadores de festivales apelan a que dicha distinción es resultado de una supuesta “congruencia discursiva” (como si no hubiera intereses económicos también), “que son artistas que no van con la línea del festival”. Sin embargo, eso es una falacia disfrazada de racionalidad estratégica. Se trata de simple y llana apropiación cultural, sobre todo cuando se retoman ciertas formas de expresión (en este caso, musicales), muchas veces en tono paródico, pero no se da cabida a quienes son sus representantes. Pensémoslo así: si lo hacen marcas y diseñadores de otras latitudes todo mundo brinca, pero cuando se hace desde el rock los criterios son más flexibles, a pesar de que en ambos casos no suele haber retribución ni reconocimiento a sus practicantes “autóctonos”, por así decirlo. 

Durante años estas y otras tensiones han alimentado mi interés por asistir a Rock al Parque, pues siendo predominantemente metalero, se lleva a cabo en uno de los principales hervideros de la identidad musical latinoamericana. Por eso es importante recordar que un festival no sólo es aquello que se vive en los escenarios y mientras uno espera en la fila para comer o tomar algo. No. Un festival también es la gente que asiste, así como la ciudad que le acoge. La que aquí nos compete es sin duda interesante. “Bogotá es eterno otoño”, diría Liliana Ramírez, colega periodista, con respecto a su clima. Pero la idea no aplica sólo a lo climático, sino también a sus dinámicas sociales. Ya en 2011 había tenido la oportunidad de visitar esta ciudad, pocos días después de que un policía asesinara a Diego Felipe Becerra, un joven grafitero. Por esas fechas los puentes y avenidas estaban tapizados de mensajes a modo de protesta. Sin embargo, para mi sorpresa 2019 ofrece una Bogotá diferente y que podría considerarse capital grafitera del mundo: hay recorridos y amplias zonas dedicadas al grafiti, y los principales espacios públicos de la ciudad están inundados de colores y figuras que aluden a culturas originarias y expresiones urbanas y musicales. 

Toxic Holocaust, artista americano invitado al festival

Durante los días del festival algunos periodistas recorrimos la ciudad. Visitamos el Museo de la Esmeralda, el Jardín Botánico de Bogotá, el centro histórico, la plaza del Chorro de Quevedo, la recién inaugurada Cinemateca y el cerro de Monserrate, entre varios lugares públicos e impresionantes obras arquitectónicas (la vez pasada pude asistir además al Museo del Oro, sin duda otra parada obligada). Comimos sancocho, ajiaco, bandeja paisa, infinidad de arepas, empanadas, patacones y demás delicias gastronómicas en espacios tanto callejeros como restoranes como La Juguetería, Chibchombia y Café Santa Clara (este último en Monserrate, el cual ofrece una impresionante vista de la capital colombiana… y la mejor lulada que he probado). Vivimos de primera mano la riqueza cultural que ofrece la ciudad, a la vez que en cada conversación se podían identificar formas afines y divergentes tanto gastronómicas como musicales con el resto de Latinoamérica: sí, la cumbia y los tamales, entre muchas otras cosas, nos unen como latinoamericanos.

Vista de Bogotá desde el cerro de Monserrate

Bogotá es muchas Bogotás, como pasa con cualquier gran ciudad en el mundo, ya que se puede vivir de varias formas. Lo mismo ocurre con la experiencia de un festival: cada quien puede definir distintos recorridos e itinerarios, eligiendo a ciertos artistas y entornos por encima de otros. Rock al Parque ofrece múltiples posibilidades de recorridos en un espacio que podría considerarse un sancocho musical, pues incluye “ingredientes” provenientes de distintas latitudes, así como algunos oriundos de la región, todo cocinado con una sazón latinoamericana que se percibe bastante familiar. El festival es gratuito, contempla tres escenarios (Plaza, Bio y Lago), así como gran diversidad de público, incluidos muchos asistentes provenientes de otros países. Si bien en lo individual se pueden encontrar muchas diferencias, en lo colectivo predomina la misma lengua, la misma historia, las mismas necesidades y las mismas aspiraciones. 

El sábado 29 de junio fue el día metalero. Se presentaron artistas legendarios locales, como El Sagrado, Tenebrarum, Grito y Under Threat, así como internacionales, como Tarja Turunen (ex Nightwish), Dying Fetus y Deicide, además de otros exponentes latinoamericanos como Angra y Here Comes The Kraken. Y si bien hubo presentaciones memorables de cada uno de estos y otros artistas, destaca que aquel día asistieron más de 80 000 personas que moshearon y jedbanguearon al unísono, pues aunque el evento es gratuito y es apoyado por el gobierno, la cifra de asistentes y el perfil del cartel posicionan al festival a la par de otros como Knotfest y Hell & Heaven en México, los cuales son privados y tienen un costo.  

El domingo 30 la experiencia musical inició con una de múltiples funciones del show “Tremendo Tulio Tour” de los chilenos 31 Minutos, la cual se llevó a cabo en el Teatro Jorge Eliécer Gaitán. Dicha función dejó claro por qué 31 Minutos es una de las principales propuestas musicales tanto infantil como juvenil de Latinoamérica: un espectáculo donde marionetas, música y visuales ofrecen una experiencia bastante dinámica y divertida, y que en esta ocasión contó además con la participación sorpresa de Rubén Albarrán, de Café Tacvba. Ya en el Parque Central Simón Bolívar, sede de Rock al Parque, siguió el dominio del rock pesado con artistas como Odio a Botero, Puerquerama, Konsumo Respeto, La Doble A y Acidez, pero el espectro musical se abrió a diversas propuestas latinas, de fusión y de rock alternativo como Zona Ganja, Aguas Ardientes, Cupira, Pedrina, Rita Indiana, La Vela Puerca y Rubén Albarrán con su No DJ Set (quien entró al quite tras la cancelación de la presentación de El Gran Silencio). Otras latitudes estuvieron también representadas este día, tal fue el caso de Japón con The 5.6.7.8’s, Estados Unidos con Toxic Holocaust y Alemania con Sodom. 

Rubén Albarrán, de Café Tacvba haciendo su No-DJ set tras la cancelación de la presentación de El Gran Silencio

Finalmente, el lunes 1 de julio no dejó de haber propuestas pesadas, pero también fue el día donde lo latino predominó. El espectro fue diverso, pues se tuvo la oportunidad de escuchar a artistas locales e internacionales como Southern Roots, Vóltika, El Tri, Christina Rosenvinge, Gustavo Santaolalla, Silverio, Pornomotora, Pedro Aznar, Juanes, Estados Alterados, Los Amigos Invisibles, Fito Paez y Babasónicos. Así mismo, se presentaron artistas de otras latitudes como los legendarios Channel One Sound System y Kap Bambino, además de que, como parte de la celebración de los 25 años del festival, la Orquesta Filarmónica de Bogotá interpretó clásicos del rock latinoamericano en colaboración con algunos de sus intérpretes (integrantes de grupos como Aterciopelados, Estados Alterados, Kraken, Control Machete, Café Tacvba y Los Amigos Invisibles, por mencionar unos cuantos). 

Juanes en el escenario de Rock al Parque

Sin embargo, más allá de cualquier momento destacado en cada una de las presentaciones de los tres días, y de lo histórico de la interpretación de la Orquesta Filarmónica, la nota es, y ha sido desde el inicio, una: Juanes en Rock al Parque. Muchos alimentaron la controversia desde hace tiempo, a lo que él respondió en rueda de prensa que lo que podía esperar el público durante su presentación era pura energía. Ya en el concierto, en un lunes que rompió récords de asistencia con más de 157 000 personas en el parque, el cantautor reconoció sentirse nervioso: “yo siempre había soñado con estar en este festival con ustedes. Este es un momento para reconocernos, para unirnos, no para dividirnos, y mucho menos en el arte, es lo único que nos queda”. Obviamente tocó sus éxitos como solista, pero también interpretó “Cuando pase el temblor” de Soda Stereo junto con Zeta Bozio, bajista de dicha banda, así como “Solo” y “Mi tierra” de Ekhymosis (la segunda junto con Andrés Cepeda y Fonseca). Además, y para sorpresa de todos, cerró con “Seek and Destroy” de Metallica (recordemos que hay un video de 2008 donde Juanes entrevista a Lars Ulrich, de Metallica, de quienes se ha declarado fan). De esta manera, su presentación fue una cachetada de guante blanco para muchos: hubo oferta para todos los gustos. Así mismo, el colombiano habló del asesinato de la activista María del Pilar Hurtado: “eso tiene que parar, es la realidad más profunda de este país. Tenemos que cambiar esta mierda, hace 20 estamos así, pero lo que pasa es que nos acostumbramos a ver eso todos los días”. Afirmación que, tristemente, aplica para cualquier país latinoamericano. 

A estas alturas sé que he hablado de mucho y poco a la vez, y que hay quienes quisieran saber a detalle sobre cada presentación. Sin embargo, para eso hay infinidad de registros en redes sociales y plataformas oficiales. Lo importante de un festival es la experiencia que cada quien hace del mismo, no la que le cuentan. Ante ello me quedo con varios detalles que me hicieron recordar por qué todos y cada uno de los asistentes vamos: porque así como la música sirve para distinguirse de otros y alzar muros, también sirve para derribarlos y unir a la gente. No importa si se es metalero, punketo, electro, popero, roquero o folclorista, Rock al Parque tiene oferta para todos (y en el peor de los casos los asistentes se pueden quedar de ver a cierta hora cuando no comparten gustos). Esto me hizo recordar cuando en un Vive Latino vi a una pareja de punks armando el slam con 2 Minutos, y al poco rato los encontré abrazándose mientras cantaban al unísono a Carla Morrison. La gente va a divertirse a un festival, salvo aquellos fundamentalistas que buscan cualquier excusa para amargarse. 

Me quedo también con algunas postales mentales, como cuando vi platicando a Elvis, vocalista de Estados Alterados, icónica banda de electro pop colombiano, platicar con Nataly Ossman de Tenebrarum, banda metalera que tocó un cover de Estados Alterados junto con Elvis, mientras ella lo abrazaba y le decía “crecí escuchando tu música, no puedo creer que tocáramos en el mismo escenario”. Me quedo también con la reflexión que hizo TTS, vocalista de la banda metalera Here Comes The Kraken, quien recordó que todos los artistas son también seguidores de alguien más: “100 mil almas unidas por un solo motivo, ‘la música’. Ayer se me salieron las lágrimas cuando Juanes dijo que se estaba equivocando mucho en la guitarra porque estaba nervioso, por lo imponente que es este festival, porque mezcla al más punk y al más fresa, al más deathmetalero y al más purista musical. Habló de quitarnos esos estereotipos y disfrutar la música como tal, sea el género que sea”. Finalmente, me quedo también con la experiencia de Marla Gámez, promotora mexicana que apeló en sus redes sociales a cómo la experiencia de un festival también se comparte con seres queridos, sean familiares, amigos o colegas del medio. 

Elvis, vocalista de Estados Alterados y Nataly Ossman de Tenebrarum

Por otra parte, ante la controversia por abrirse a formas musicales como el reguetón, tanto Juanes como Rubén Albarrán han apelado al mismo argumento: sus hijos escuchan dicho estilo musical, y vale la pena siempre estar abierto a nuevas formas. De eso se trata también un festival. Las generaciones musicales de Latinoamérica han cambiado radicalmente en los últimos 25 años, y valdría la pena empezar a reconocer la latinoamericanidad sonora no como un recurso de legitimación identitaria, sino como la esencia misma de nuestra cotidianeidad. Caminar por las calles de cada ciudad de la región implica escuchar sí o sí cumbia y reguetón. Y si bien en 25 años se pueden contemplar 2 o 3 generaciones, cada una distinta a la anterior, colectivamente comparten no sólo tradiciones, sino también un pasado y presente. Entonces, si consideramos a Rock al Parque un sancocho musical, el sabor de hogar se lo da su gente, con todas las tradiciones festivaleras, historias y experiencias compartidas año con año. Con un cuarto de siglo de historia, para muchos el festival es ya un hogar, y como en cualquier hogar, habrá discrepancias y tensiones entre los miembros del mismo. Es normal, pero lo que les une siempre es un mismo fin: disfrutar de la música. 

* Como parte de la realización de este texto quisiera agradecer el apoyo, guía y atenciones de Oscar Segura y María Cristina Correa, así como del resto de la gente que me recibió, orientó y estuvo dispuesta a dialogar durante los días del festival. El viaje y la cobertura no hubieran sido posibles sin el apoyo del Ministerio de Comercio, Industria y Turismo y del Fondo Nacional de Turismo de Colombia, así como del Instituto Distrital de Turismo de Bogotá.

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